Una argentina viajó a un campo de refugiados sirios y recibió una carta que la marcó para siempre.

Internacional
Cecilia González es de Luján, tiene 24 años y fue al Líbano como voluntaria de los Cascos Blancos. La socorrista contó a TN.com.ar lo que le pasó al ver la realidad de los que escaparon de la guerra. La delicada situación de los chicos.

Algunos sueñan con jugar en primera, otros con ser gerentes de una multinacional o poner en marcha, por fin, ese emprendimiento que tanto aman. Pero a Cecilia González, de 24 años y nacida en Luján, lo que le quitaba el sueño era viajar a Medio Oriente para asistir a los que huyeron de la guerra. Y lo logró el año pasado, cuando aterrizó en un campo de refugiados sirios en El Líbano. Fue como voluntaria de los Cascos Blancos. Volvió con un hiyab y una sorpresiva carta en sus manos.

Ella no es una novata. Estaba muy preparada para enfrentar el viaje a uno de los territorios más necesitados del mundo: la estudiante de Psicología Social participó de la Cruz Roja y trabaja en Defensa Civil, donde asistió a víctimas de las peores inundaciones que sufrió el país. Sin embargo, nada se compara con lo que sintió cuando aterrizó en el campo de refugiados sirios de Jarrahyl, donde viven unas 300 familias que se escaparon de la guerra.

Lo que más la marcó fue la carta que recibió al despedirse. Fue un martes por la tarde, mientras recorría por última vez los senderos de tierra que separan las casas de chapa y madera. Pasó casi un año de ese día, pero Cecilia se lo acuerda bien: una familia la frenó para darle el papel que tenía unas cuantas líneas escritas, incomprensibles para ella.

Intentó descifrar el mensaje, pero se rindió. Hacían 40 grados de calor y, mientras esperaba a la camioneta que la llevaría al hotel, respiró una vez más el aire seco. Guardó la carta en su libreta y siguió su camino.

“Téshow (تشاو, chau en árabe)” le decían los nenes que la veían pasar. En su mochila, la chica llevaba los vestidos que le habían cosido a mano como agradecimiento y la túnica que una señora se sacó para regalarle.

Salwa, una nena de ocho años, se acercó para darle un dibujo. Cuando lo miró, la chica se paralizó. En esa hoja blanca había flores y un cartel que decía “I love you teacher”. La socorrista de 24 años sabía que había logrado un cambio radical. “Hice dibujar a los chicos para que expresen lo que sentían. Al principio solo hacían caras vacías, charcos de sangre y tanques de guerra. Los últimos días me encontré con paisajes y sonrisas. Escribían que nos amaban y que estaban felices”, recuerda.

El día anterior, Salwa le había contado que su mamá murió aplastada por un misil. También, le explicó que la quemadura que tenía en el brazo la había provocado una explosión de gas en su casa.

Se iba de ahí con la sensación de que faltaba mucho por hacer. Durante la misión, la joven de 24 años se enfrentó a la frustración de muchos adultos analfabetos que querían aprender y no podían. Como se cansó de ver heridas que nunca habían sido atendidas, decidió dar un taller de primeros auxilios y les enseñó a curarlas a través de afiches y señas.

Eran las siete de la tarde y en Jarrahyl ya había bajado el sol. Antes de subirse a la camioneta, Cecilia se disculpó con un hombre que insistía en entregarle a sus sobrinos para que los trajera a Buenos Aires en busca de un futuro mejor. “En Siria la adopción es un trámite. Cuando un adulto encuentra a un nene sin familia le pregunta si quiere ser su hijo y, si el chico acepta, se lo agregan al documento”, explica a TN.com.ar.

Miró por la ventana y vio cómo los techos de chapa se perdían en el camino. Se acordó de la carta que había recibido horas atrás y aprovechó al chofer para que le hiciera de traductor. “Decía que, por haberlos ayudado una sola vez, me consideraban su hermana de sangre. Y que por eso, aunque me vaya y vuelva dentro de 15 años, siempre iba a ser parte de la familia”, cuenta.

Mientras avanzaba por la ruta de ripio, pensó en ese deseo profundo que tienen los refugiados y que siempre está ahí, como una enfermedad antigua: sus ansias por encontrar a sus seres queridos que todavía están perdidos. Sintió una pelota de fuego en la garganta. Se acordó de cuando le contaron cuánto anhelaban volver al lugar donde nacieron…

Faltaban pocos metros para llegar al hospedaje en la ciudad libanesa de Bekaa. La voluntaria de los Cascos Blancos se despidió del chofer, agarró fuerte su libreta y la guardó.

Confió en que algún día se volvería a encontrar con esa familia.

Y que esta vez sería en su casa. En Siria.


Fuente: Todo Noticias.

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AlanMillanOk

Diseñador grafico, y administrador de Piramide Noticias.

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